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Fervor gay a la oriental: Los cuentos de amor entre varones que apasionaban a los samuráis

La pasión homosexual era un tema popular para los samuráis del siglo XVII, que consumían esos libros como historieta. El gran espejo del amor entre hombres, un clásico traducido.

Cinco siglos antes de que el papa Francisco se quejara por la Argentina, ya otro jesuita había puesto el mismo grito en el cielo: “El mal de estas islas –dicen que clamó san Francisco Xavier al llegar al Japón en el siglo XVI– es legislar a favor de la homosexualidad y del aborto”. Como entre los compatriotas del cardenal Bergoglio en nuestro Extremo Sur, entre los japoneses del Extremo Oriente la historia de la homosexualidad masculina acabó por ser muy honorable. Esa virilidad, que al verla cara a cara impactó con fuerza a los misioneros cristianos europeos, ha sido más larga y ancha, y más antigua en la cultura japonesa. Prueba de ello es El gran espejo del amor entre hombres, un clásico de la era Tokugawa de la que ahora contamos con el orden y la belleza de la versión castellana de Amalia Sato.

Los cuarenta cuentos de amor (intergeneracional) entre varones que forman Nanshoku ôkagami fueron publicados en 1687 con buenas intenciones comerciales. El autor era el escritor mejor conocido y más exitoso de la época. Productor profesional de logrados, refinados, seriales best-sellers, Iharu Saikaku compuso uno de mayor peso para su lista de grandes ventas o grandes lectores. Lejos de ser un tema periférico, marginal, vanguardista o desafiante, el amor (sexual) entre hombres ya era en el siglo XVII japonés un tema tradicional de una pulp fiction consumida con gusto y regusto por belicosos samuráis de la dinastía Edo y por plácidos burgueses de Kyoto y Osaka que empujaban hacia arriba la demanda doméstica de este subgénero de la literatura popular.

Las historias de samuráis enamorados, acaso menos gratificantes de lo que su autor sugiere, acaso menos decepcionantes de lo que algunos lectores infirieron, a pesar de sus variaciones, siempre ilustran los mismos valores, siempre están escritas desde una ética sostenidamente firme. Si estos sexuados y sexuales protagonistas pueden desagradar a cierta impostación de la moral católica, las virtudes que aquellos encarnan les son menos repugnantes: la fidelidad, la lealtad son mejores que sus contrarios, la entrega total es preferible al retaceo de la disponibilidad de amantes o amados, la palabra dada debe cumplirse sin casuística jesuítica ni excusa legítima, el amor debe durar hasta la muerte y debe preferirla antes que al deshonor o la mentira.

Un hermoso samurái se desnuda por completo en la nieve para que la vergüenza de la sufrida exposición pública sea dolorosa expiación para una culpa privada; espera el perdón del joven que ama; la palabra de perdón del menor nunca llega; con pena pero sin lamento el samurái perece de frío. O al revés, en otro relato de Saikaku es un hermoso adolescente el que se destripa en castigo, según el ritual caballeresco, porque a sus ojos ha cometido una maldad inexcusable.

En un círculo que la literatura romántica pop hace lucir virtuoso, las reglas del código de amor viril sirven a un tiempo como justificación de la casta de los guerreros (porque ellos son ejemplares en el respeto de esas reglas) y como promoción de la bondad de esas normas de relación humana y de las convenientes prácticas sexuales que las acompañan (porque son las de la élite militar gobernante).

Una mitad de las historias del El gran espejo del amor siguen el patrón de la relación homosexual entre adulto y menor como estadio iniciático del efebo. Los antropólogos constatan en las sociedades guerreras la recurrencia de este eros pedagógico que enseña el uso de todo el arsenal a mano. En la “Introducción”, Paul Gordon Schalow apunta la extensión geográfica en que se ha registrado la presencia de esta institución, de un extremo al otro del globo. Así en la Hélade europea como en la oceánica Melanesia.

La sociedad melanesia, sin escritura, es arcaica, más que la griega; engolosinado por armar una más que milenaria pareja de opuestos, Schalow escribe “la Grecia antigua y la Melanesia moderna”. Antes que diluirse o archivarse, este subgénero narrativo, liberado de rígidas circunstancias castrenses, tiene en Japón uno de sus desarrollos contemporáneos en el manga, más duro o más romántico, y hoy muchas de sus lectoras y autoras son mujeres.

En el resto de las historias, son personajes urbanos, sedentarios, generalmente casados con mujeres, con familia propia, muchas veces comerciantes pero a veces también samuráis, los que viven (o buscan vivir) una vida paralela más encendida e incendiaria (para sus pasiones) con atractivos actores del teatro kabuki. Las razones de los mayores son siempre las mismas; según Saikaku, para un hombre el amor romántico y la satisfacción sexual han de buscarse con otro hombre. Los razones de los jóvenes pueden ser diferentes; sus roles sexuales son siempre los mismos.

La popularidad de las historias sobre la socialización del sexo entre hombres no vuelve a la sociedad japonesa del siglo XVII ni un poco menos heteronormativa en las formas de su organización. No hay historias aquí de amor entre varones adultos, nada de matrimonio igualitario en el horizonte: la sola idea de que dos hombres se amen sin barreras o jerarquías repugna a todo gobierno autoritario. Literariamente, hay un daño colateral: en las narraciones de El gran espejo del amor, los pasajes más amargos (para quienes los protagonizan, para quienes los leemos) son los sarcasmos y repulsas misóginos, cuya infrecuencia gana relieve inocultable por la astringencia y tersura de la voz narrativa de Saikaku.

La edición, al cuidado de Amalia Sato, ofrece una cuidada versión castellana, a partir de la cuidada traducción inglesa de Schalow, también responsable de las notas y de la introducción, cuyo texto original de 1990 revisó y revisó para este volumen. Materialmente, el libro no tiene par. De edición nacional pero impreso en China, tiene sus páginas cosidas con hilos, según nudos y técnicas orientales. La introducción de Schalow está separada del texto de las narraciones de Saikaku por una página de grueso papel metálico y plateado: un espejo que nos mira y en el que nos miramos.

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