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Los 10 mejores libros del 2011

Según una reciente encuesta hecha entre clubes y círculos de lectores y publicada en distintas ediciones por la revista "The Guardian", estos serían los mejores libros del año 2011.

El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq  
Escribe Ivan Schuliaquer 

L’enfant terrible de la literatura francesa disparó otra vez. Lo hizo desde una novela en la que explora, una vez más, la soledad. Hombres con poco que jugar en la vida y despojados de sentimientos, que buscan construirse torres de cristal. En El mapa y el territorio, Houellebecq pone en escena a Jed, un artista plástico que crea un filtro entre él y el mundo exterior: “Jed logra establecer una barrera total entre él y el resto del mundo y sus habitantes –afirma Houellebecq en la entrevista publicada por El Guardián Nº 36–. Sí, es posible si uno tiene dinero: la prueba está en que uno le cree al personaje. Y, al mismo tiempo, esta toma de distancia es indispensable para tener una visión artística del mundo. Un artista es alguien que la pasa mal, que tiene una vida particularmente pobre, pálida. Mucha gente objetará que, sin embargo, es necesario haber vivido algo para poder contarlo, pero es increíble hasta qué punto la cantidad de cosas que se precisa haber vivido es poco importante.” 

Houellebecq teje una narrativa sobre una escritura pulcra y precisa. Sus giros literarios no se juegan en frases enrevesadas. Su claridad y el ritmo de su escritura acompañan mensajes filosóficos contundentes sobre la soledad, la tristeza y el amor. También sobre los fracasos trágicos e inexplicables de las relaciones humanas y acerca de la crisis actual del capitalismo. La brillantez con la que plantea su cinismo sobre la contemporaneidad y el rumbo de la humanidad exige del lector optimista una búsqueda desesperada de argumentos ante una batalla que perderá. 

Este libro aborda, además, el mito que se creó alrededor de la vida de una de las plumas más importantes del presente. Houellebecq se coloca a sí mismo como personaje de su novela. Se muestra ermitaño, impredecible y aburrido hasta que lo asesinan en el medio de la historia. Un gesto pesimista y seductor. Una postal más de un mundo sin esperanzas. (Ed. Anagrama) 



Betibú, de Claudia Piñeiro  
Escribe Sergio S. Olguín 

El género literario argentino por excelencia no es la gauchesca sino el policial. Incluso nuestra obra mayor de la gauchesca, el Martín Fierro, no es más que un policial donde hay muertos, corrupción, víctimas, perseguidos y poderosos que hacen lo que quieren. Claudia Piñeiro es una cultora del género policial. Betibú, su nueva novela, está entre lo mejor que se ha escrito en estos años en el terreno de lo policial, es decir, de la narrativa argentina. 

Hay un muerto –que después son varios–, hay una investigadora mujer (la escritora Nurit Iscar) ayudada por dos periodistas, hay una serie de personajes secundarios muy logrados y está ese territorio que Piñeiro maneja como nadie que es el country. Pero no es una mirada complaciente, sino que con ironía y dureza lo describe en cada detalle. 

Escribir sobre temas policiales en la Argentina es escribir sobre política y hoy no se puede hablar de política sin hacer referencia a los medios de comunicación. Así que Piñeiro articula policial, política y periodismo en una novela atrapante desde todas las perspectivas: personajes tridimensionales, una trama que gana en complejidad y misterio a medida que se avanza en las páginas, una escritura rica en matices. Los personajes fuertes y complejos son una constante en la narrativa de la autora de Elena sabe. Están atravesados por una soledad que no les impide comunicarse. Una soledad optimista. Claudia Piñeiro trabaja el lenguaje argentino con una libertad envidiable, algo que muchos autores reconocidos no se animan a hacer. Hay una lengua que está viva en las páginas de Betibú y eso no es poco en una literatura que ha oscilado entre hacerse cargo de las particularidades lingüísticas del argentino o rebajar su lenguaje a un castellano neutro fácilmente consumible en el resto de Hispanoamérica. Piñeiro ha sabido combinar en Betibú una novela que llega a un público masivo, con un trabajo alrededor de los distintos componentes de la narrativa que envidiaría más de uno de esos autores aburridos a los que los profesores de letras les dedican sus papers. (Ed. Alfaguara) 



¡Indígnate!, de Stéphane Hessel  
Escribe I. S. 

A los 93 años, Hessel decidió decirle al mundo que sabe que no le queda mucho, que “el final ya no está tan lejos”.Pensó en cómo despedirse, en qué dejar a los que vienen, sobre todo a los jóvenes. Ahí su proclama fue: reaccionen, protesten, no se queden indiferentes. En una sola palabra: ¡Indígnate!, como se llama su libro que se transformó en best seller y dio título a varias de las protestas europeas de 2011. 

Hessel, francés nacido en Alemania, fue protagonista del último siglo: formó parte de la Resistencia francesa contra la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, pasó por el campo de concentración de Buchenwald y cuenta entre sus peregrinos haber sido uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre en 1948. 

Pese a lo que se podría esperar a sus 93 años, el francés no tiene secretaria ni nada parecido: maneja su propia agenda, atiende el teléfono y abre la puerta de su edificio. Cuando "El Guardián" le pidió una entrevista, tenía problemas de agenda casi insalvables porque tenía que viajar. No obstante, afirmó: “Pero me interesa mucho hablar para la Argentina”. 

–Usted dice que no hay que renunciar, que hay que indignarse. También, que la indignación produce militantes fuertes. Entonces, ¿la indignación lleva a la militancia? 

–Para empezar quiero decir que no alcanza con indignarse. Hay que salir de la indiferencia y de lo que nos desanima indignándonos. Pero, después, hay que comprometerse y, por supuesto, actuar. En estos tiempos se constata que en muchos países, no sólo en aquellos que se deshicieron de un dictador como los tunecinos y los egipcios, y quizás los sirios y los libios, pero también en países democráticos como España, Italia y Francia, hay razones para no estar contentos con la manera en que somos gobernados. (Ed. Destino) 



El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña  

“Acá me pongo a cantar / al compás de la villera, / que el guacho que lo desvela / una pena extraordinaria, / cual camuca solitaria / con la kumbia se consuela.” Los versos del poema Martín Fierro recobran una vida de vértigo y roña en manos de Oscar Fariña, un joven librero nacido en Paraguay y criado en varios barrios del conurbano bonaerense, influenciado a la vez por Jorge Luis Borges y por Pablo Lescano, o, como se ve, por la gauchesca más tradicional y por la cumbia villera más original. El suyo no es el gaucho Martín Fierro, sino El guacho Martín Fierro. Secreto a voces, casi como una leyenda naciente de la poesía de sótano, Fariña había editado antes sus poemas en fanzines y en libritos de edición artesanal. 

“Soy hijo de una madre soltera paraguaya que se vino con lo puesto. Me mudé mucho, pero ahora pienso que todas esas experiencias me beneficiaron”, dice quien echa a rodar a su guacho, un ladrón del bajo pueblo que termina preso y que, como el gaucho de José Hernández, choca una y otra vez contra las fuerzas y los engranajes del Estado. El gaucho deviene en las líneas de Fariña en un guacho zarpado, pesado y choborra –donde la gauchesca revive en su línea más rebelde. “El Martín Fierro original me encanta, pero me parece que está mal leído y que ha sido cooptado por una institución reaccionaria como la escuela”, dice el poeta. Y admite que se inspiró en el libro Orgullo y prejuicio y zombies, con el que Seth Grahame-Smith versionó el clásico decimonónico de Jane Austen. Fariña se preguntó entonces cómo adaptar esa idea y probó con Don Segundo Zombie. Trabajó duro sobre su proyecto, pero el resultado no lo convencía. “Debe ser porque Don Segundo Sombra es un libro de mierda y Martín Fierro, todo lo contrario”, pensaba. Ahora, satisfecho, explica: “Yo quería reavivar la lectura del Martín Fierro, sabiendo que todavía tiene una actualidad impresionante, y por eso traté de tocar el texto original lo menos posible en lo estructural, sin dejar de formar una versión clase Z”. (Factotum Ed.) 



Libertad, de Jonathan Franzen  
Entrevista de Thomas Mahler 

Sus primeros libros fueron Ciudad veintisiete y Movimiento fuerte. Pero la popularidad para el escritor llegó con su tercera novela: Las correcciones, de 2001, que vendió tres millones. Diez años después, y luego de haberse transformado en un símbolo pop que aparece en Los Simpson y en la tapa de la revista "Time", Franzen, de 52 años, volvió con nueva novela: Libertad. En este caso, cuenta la historia de un matrimonio ideal que verá desmoronarse todo lo construido cuando se muda a Washington. 

–Libertad fue recibido como un libro mayor de nuestra época, pero también fue comparado con la obra de Tolstoi y con los grandes novelistas realistas del siglo XIX. ¿Esta definición de una ficción clásica en su forma, pero que logra capturar al Estados Unidos de principios del siglo XXI, le parece bien? 
–Para nada. Cada vez me interesa más el realismo. Y como también me gusta ubicar mis historias en el mundo contemporáneo, cierta cantidad de realidades del Estados Unidos de hoy se reflejan también en mi libro, pero de forma casi accidental. Porque mi objetivo primordial en tanto que novelista es dar vida a personajes complejos y finalmente atrayentes, y meterme en ellos tan profundamente como se pueda. Muchos de los útiles formales y psicológicos que utilizo para eso fueron desarrollados a lo largo del siglo XX. Nuestras discusiones actuales sobre la vida de la familia, por ejemplo, la manera en la que intentamos no ser como nuestros padres o intentamos criar a nuestros hijos como nosotros mismos fuimos criados, no están en la ficción del siglo XIX. 

–Usted es particularmente virulento con el gobierno de Bush. ¿Por qué? 
–Porque violaron el país y lo dejaron muerto. Espero, sin embargo, que los lectores perciban mi novela como equilibrada políticamente. Mi personaje preferido de Libertad es un republicano ardiente partidario del libre mercado. Es más, creo que esta historia trata peor al establishment liberal-demócrata que a los conservadores. (Salamandra) 



El paraíso argentino, de Claudio Zeiger  
Escribe S.S.O.  

El paraíso argentino, de Claudio Zeiger (1964), más que un libro es una perla. Una gema preciosa entre las piedras rústicas y previsibles de los autores locales que cuando no escriben ficción sólo pueden articular libros a favor o en contra del kirchnerismo. 

Zeiger reúne ensayos sobre escritores que lo tuvieron todo: fortuna personal y lectores en abundancia. La crítica literaria, en cambio, fue más ambigua o menos generosa con ellos, ya que miraba con desconfianza la popularidad que alcanzaron en vida. Benito Lynch, Ricardo Güiraldes, Eduardo Mallea, Manuel Mujica Lainez, Oscar Hermes Villordo, Silvina Bullrich, Beatriz Guido y Marta Lynch componen este grupo parejo de autores. 

Zeiger recorre la obra y la vida de cada uno de ellos marcadas por lo general por una característica: el misterio de la misantropía de Benito Lynch, la búsqueda del paraíso por parte de Mujica Lainez, el vínculo con el dinero de Silvina Bullrich y las pasiones al límite de Marta Lynch son algunos de los puntos de inflexión de los análisis que realiza el autor de Redacciones perdidas. Hay en este edén literario también la reivindicación de la obra de estos escritores, injustamente olvidados por los lectores, pero también por el mundo editorial. A excepción de Mujica Lainez, es muy difícil encontrar las obras de los demás autores. Un olvido que corta aún más los vínculos y las continuidades (y también las rupturas) con laliteratura que hoy se produce en el país. Zeiger, uno de los más destacados narradores de su generación, fue capaz de trazar los puentes con escritores del pasado. Un canon que debería ser tan polémico como motivador para cualquiera que le interese la literatura argentina. (Emecé) 



Repensar la justicia..., de François Dubet  
Escribe I.S. 

Igualdad de oportunidades o igualdad de posiciones sociales: la disyuntiva entre una igualación antes de comenzar la competencia o una menor distancia entre las clases sociales. Allí está la cuestión para el francés François Dubet, el principal heredero intelectual de la sociología de Alain Touraine y uno de los pensadores más reconocidos de la Francia actual. Para Dubet, una sociedad debe priorizar la igualdad de las posiciones sociales. 
En Repensar la justicia social. Contra el mito de la igualdad de oportunidades analiza los diferentes tipos de igualdad. 

–¿En qué consiste la diferencia entre la igualdad de oportunidades y la igualdad de posiciones? 
–Todas las sociedades democráticas buscan resolver el asunto de cómo alcanzar la igualdad fundamental de los seres humanos sin perder de vista que todas las sociedades, no sólo las capitalistas, tienen desigualdades muy fuertes. La idea que desarrollo es muy simple: hay un modelo, que es el de los movimientos obreros europeos, que propone reducir progresivamente las desigualdades entre las posiciones sociales. Busca lograr que los patrones sean menos ricos y que los obreros sean menos pobres. Después, está el modelo de la igualdad de oportunidades, dominante en Estados Unidos. Más allá de las desigualdades sociales, si la competencia social es equitativa, en el trabajo, en la educación, si luchamos contra el racismo y el sexismo, el mundo vuelve a ser justo porque cada uno ocupa el lugar que amerita. Estos dos modelos estuvieron siempre combinados. En el modelo de las posiciones, las desigualdades son de clase. En el otro, las grandes víctimas son los discriminados. Critico los dos modelos: el de la igualdad de posiciones es conservador, corporativo; el de las oportunidades es desigual y cruel porque organiza el mundo entre vencedores y vencidos. Si sos explotado, sos víctima; pero si sos vencido, merecés lo que te pasó. (Siglo XXI) 



Kryptonita, de Leonardo Oyola  
Escribe J.S. 

La nueva fábula de Leonardo Oyola es un libro fantástico. Y lo es literalmente, porque Kryptonita cuenta las aventuras de Nafta Súper, el temible líder de una banda de hampones de los barrios del Oeste que en una noche fría cae herido de muerte en la guardia del Hospital Paroissien, de Isidro Casanova, y sin embargo no muere. Al contrario, es demasiado robusto para morir, y el médico que lo recibe ni siquiera puede colocarle una inyección de adrenalina porque la aguja se dobla cuando intenta penetrar su piel. Así, el doctor se convence de que el paciente es un superhombre suburbano y marginal. 

“Me gustaba la idea de recrear la historia de Superman en La Matanza y primero pensé en hacerla de modo lineal, pero después me di cuenta de que tenía que modificarlo todo y prestarle al protagonista cosas mías, de mis amigos y de mi hermano”, dice Oyola, que escribió siete novelas en las que no faltan la violencia ni la fantasía ni el barro. 

Con esos condimentos, este discípulo del escritor Alberto Laiseca (y fanático del policial sazonado con terror) se convirtió en un referente e inauguró una nueva veta en el policial argentino. 

Con esa marca su novela Chamamé ganó el Premio Dashiell Hammett (un importante galardón del género policial en español) en la edición 2008 de la Semana Negra de Gijón, la feria dirigida por el escritor hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo II. 

En Kryptonita, como en muchos de sus otros textos, Oyola captura el habla más popular como en una fotografía: “Yo no podría haber escrito esta novela dejando de lado el argot”, admite. 

“Lo que tiene el argot de nuestros tiempos es una velocidad de mutación increíble. En algún momento, alguien escribirá una novela grossa sobre el paco, pero por ahora es un tema reciente y es difícil escribir cuando todavía está ardiendo el fuego.” (Mondadori) 



Cómo cambiar el mundo, de Eric Hobsbawm  
Entrevista de Gabriele Pantucci 

El inglés Eric Hobsbawm tiene 93 años y se ha vuelto el autor de un best seller. 

Gracias a su última obra Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo 1840-2011. La lección del célebre historiador, apasionado del jazz, ha escalado a lo más alto de los rankings de venta ingleses. Una sorpresa también para él que desde hace años vive en Hampstead, a breve distancia del páramo que linda con el cementerio de Highgate donde está enterrado Marx. 

–En el primer capítulo de su libro escribe que Marx es “todavía un gran pensador de nuestro tiempo”. Y que, paradójicamente, “fueron los capitalistas que lo redescubrieron y no los socialistas”. 
–Tenemos dos razones que clarifican su importancia. En primer lugar, el fin del marxismo oficial de la Unión Soviética liberó a Marx de la identificación con el leninismo y con los regímenes leninistas. De esta manera fue posible recuperar su pensamiento y aquello que tenía que decir respecto al mundo. Pero, sobre todo, el capitalismo globalizado que se desarrolló en los años noventa en los términos descriptos por Marx en el Manifiesto. Esto sí fue entendido en la crisis de 1998: año durísimo para la economía global, además de ser el 150 aniversario de este pequeño y sorprendente opúsculo. Pero, exactamente, esa vez fueron los capitalistas y no los socialistas en redescubrirlo. Quizá los socialistas estaban demasiado perplejos para celebrar este aniversario. 

–¿Cuándo se dio cuenta de que Marx había regresado? 
–Me contactó el director de la revista que United Airlines publica para sus pasajeros, que son casi todos norteamericanos dedicados a los negocios. Yo había escrito un artículo sobre el Manifiesto: me pidieron autorización para publicarlo. Estaban interesados en el debate. Un tiempo después George Soros me preguntó qué pensaba de Marx. De improviso le di una respuesta ambigua. “Hace 150 años este hombre”, dijo Soros, “descubrió algo sobre el capitalismo que hemos de tener en cuenta”. No hay duda de que Marx se ubicó en el centro de la escena. (Paidós) 



Némesis, de Philip Roth  
Escribe I.S. 

Cuando el lector termine la nueva novela de Philip Roth le quedará un enorme consuelo: el de haber leído a un autor clásico que está vivo. El de saber que uno de los más grandes escritores de las últimas tres décadas tiene una obra incompleta, al menos en potencia. Es más, a juzgar por su nuevo libro, su salud literaria está cada vez mejor. 

En Némesis, desde una prosa contundente que vuelve inevitable preguntas filosóficas, Roth cuenta un momento en la vida de un joven. A Bucky Cantor su pésima vista lo salva del ejército estadounidense y de ir al frente como sus mejores amigos. Lo que para algunos podría haber sido una suerte, para él se transforma en una culpa enorme. Mientras pasa sus días a cargo de una colonia de vacaciones, y cuando su responsabilidad como docente le permite redimirse ante sí mismo, la epidemia de polio se muda a su barrio. 

La historia de ese hombre tiene la potencia de hablar de la historia de una generación, de una guerra, de una epidemia, de una comunidad, de un país y del mundo. ¿Cómo creer en Dios cuando el mundo atraviesa la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo creer cuando a eso se le suma el terrible avance de la poliomielitis? La novela tiene mucho de autobiográfica. Roth habla del barrio donde se crió y de preadolescentes judíos que tenían su edad a principios de la década del cuarenta. Cuando jugaban al béisbol y empezaban a forzar su personalidad. Cuando apareció la polio y a algunos los dejó discapacitados o los mató. 

La fuerza de la historia dispara preguntas. ¿Cómo reaccionar ante la desgracia? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los individuos? La crudeza de Roth muestra que las tragedias colectivas, más allá de la cantidad de gente a las que afecten, siempre se tramitan individualmente. El autor de Pastoral americana escribió una novela durísima, triste, angustiante y demoledora. Allí conviven la derrota, la injusticia y el desastre. Pero, a la vez –y quizás ahí esté parte de su genio–, una novela disfrutable y hermosa. A Roth le alcanzan 200 páginas para construir todo eso, con la contundencia de un clásico. (Mondadori) 

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